Seibei Iguchi (Hiroyuki Sanada) es un samurái de rango inferior del clan Unasaka, en la provincia de Shonai, al noreste de Japón. Su mujer murió de tuberculosis, una causa habitual de fallecimiento en aquellos años de hambre y malnutrición. Al tener una madre anciana y dos hijas que mantener, Kayano (Miki Ito) e Ito (Erina Hashiguchi), él y su familia deben llevar una vida austera. Al terminarse su jornada de trabajo, Seibei se niega a comer y beber con sus compañeros samuráis, corre a su casa y se centra en las labores domésticas y en otros trabajos. Un día Seibei se encuentra a Tomonojo Iinuma (Mitsuru Fukikoshi), un amigo de la infancia.
Éste le habla de su hermana, Tomoe (Rie Mi-yazawa), y le cuenta que ella ha tenido que divorciarse de su inflexible marido, el borrachín Toyotaro (Ren Osugi), y mudarse a casa de Tomonojo. Al día siguiente Tomoe visita a Seibei y los dos se divierten recordando viejos tiempos. Cuando Seibei la acompaña a casa se encuentran con su ex marido, que está furioso y dispuesto a llevársela con él. El destino quiere así que sea Seibei, en lugar de Tomonojo, que no es muy buen espadachín, quien se bata en duelo con Toyotaro. El día del combate, Seibei, que no tiene más que una espada de madera, derrota sin dificultad a Toyotaro, que lucha con una espada de verdad. Los rumores del duelo se difunden rápidamente y Tomoe empieza a acudir con frecuencia a casa de Seibei.
Las hijas de éste, Kayano e Ito, empiezan a encariñarse con ella, y Tomonojo sugiere a Seibei que se case con Tomoe. Sin embargo Seibei rechaza la propuesta, pues tiene miedo de ser dema-siado pobre para ella. Esto hace que Tomoe deje de visitarlo. Mientras, los hombres del clan siguen disputándose el puesto de sucesor. Una vez resuelta la disputa, ordenan a Seibei que mate a Zenemon Yogo (Min Tanaka), un servidor del clan que no acepta al nuevo señor. Seibei se niega, aduciendo que no cuenta con las habilidades necesarias para tal empresa. Pero cuando le dicen que las órdenes del clan equivalen a las de su señor, se ve obligado a aceptar, aunque de mala gana. A la mañana siguiente, Seibei manda buscar a Tomoe, le explica la misión que le han encomendado y le pide que le ayude a prepararse. Un día, durante el duro período que transcurre hasta que los samuráis regresan a por él, Seibei confiesa a Tomoe que desde que eran niños sueña con casarse con ella. Pero Seibei no sabe que Tomoe ya ha aceptado casarse con otra persona. Seibei se dirige a casa de Yogo, pero, para su sorpresa, se lo encuentra borracho. «Lo siento, pero me voy a escapar. El mundo va a cambiar, de Occidente llegará una cultura to-talmente distinta.
El estilo de los samuráis ha muerto». Además de borracho, el samurái está parlanchín. Empieza a contar cómo la tuberculosis le arrebató a su mujer, habla del sinsentido del harakiri, en el que no cree en absoluto. Seibei, que también perdió a su mujer por la tuberculosis, se compadece del samurái y también le cuenta sus penas. «Pues yo, como no podía pagar el entierro de mi mujer, tuve que vender mi espada, que para un samurái es su vida». Con estas palabras, desenvaina su espada, que resulta ser de madera. Ante este movimiento, Yogo le lanza un ataque repentino. Seibei hace otro movimiento, pero el acero de su adversario casi le acierta. Seibei intenta convencerlo de que abandone el duelo, pero Yogo, enfurecido, se acerca más a él hasta que lanza su última acometida. Bajo la luz del crepúsculo, Seibei vuelve a casa.